domingo, 16 de noviembre de 2008

Siempre Somos Niñas

Aveces los profesores se molestan con ellas porque son inquietas se portan mal en clase o hacen cosas que los profesores les dicen que no hagan pero nosotras lo hacemos.Los profesores son buenos porque ellos estan formando las vidas de muchos conosimientos aunque nosotas abeses no molestamos porque nos regañan ,pero cuando nos regañan sabemos que es para nuestro bien en el recreo nosotras llenamos de risas gritos y nunca dejamos de ser siempre niñas.Brenda Zavala

La CEenicienta

Hubo una vez una joven muy bella que no tenía padres, sino madrastra, una viuda impertinente con dos hijas a cual más fea. Era ella quien hacía los trabajos más duros de la casa y como sus vestidos estaban siempre tan manchados de ceniza, todos la llamaban Cenicienta.
Un día el Rey de aquel país anunció que iba a dar una gran fiesta a la que invitaba a todas las jóvenes casaderas del reino.
- Tú Cenicienta, no irás -dijo la madrastra-. Te quedarás en casa fregando el suelo y preparando la cena para cuando volvamos.
Llegó el día del baile y Cenicienta apesadumbrada vio partir a sus hermanastras hacia el Palacio Real. Cuando se encontró sola en la cocina no pudo reprimir sus sollozos.
- ¿Por qué seré tan desgraciada? -exclamó-. De pronto se le apareció su Hada Madrina.
- No te preocupes -exclamó el Hada-. Tu también podrás ir al baile, pero con una condición, que cuando el reloj de Palacio dé las doce campanadas tendrás que regresar sin falta. Y tocándola con su varita mágica la transformó en una maravillosa joven.
La llegada de Cenicienta al Palacio causó honda admiración. Al entrar en la sala de baile, el Rey quedó tan prendado de su belleza que bailó con ella toda la noche. Sus hermanastras no la reconocieron y se preguntaban quién sería aquella joven.
En medio de tanta felicidad Cenicienta oyó sonar en el reloj de Palacio las doce.
- ¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! -exclamó-.

Como una exhalación atravesó el salón y bajó la escalinata perdiendo en su huída un zapato, que el Rey recogió asombrado.
Para encontrar a la bella joven, el Rey ideó un plan. Se casaría con aquella que pudiera calzarse el zapato. Envió a sus heraldos a recorrer todo el Reino. Las doncellas se lo probaban en vano, pues no había ni una a quien le fuera bien el zapatito.
Al fin llegaron a casa de Cenicienta, y claro está que sus hermanastras no pudieron calzar el zapato, pero cuando se lo puso Cenicienta vieron con estupor que le estaba perfecto.
Y así sucedió que el Príncipe se casó con la joven y vivieron muy felices.
FIN Brenda Zavala

martes, 11 de noviembre de 2008

la sirenita

El Hada soberana de las cumbres invito un dia a todas las hadas de las nieves a una fiesta en su palacio. Todas acudieron envueltas en sus capas de armiño y guiando sus carrozas de escarcha. Pero una de ellas, Alba, al oir llorar a unos niños que vivian en una solitaria cabaña, se detuvo en el camino.El hada entro en la pobre casa y encendio la chimenea. Los niños, calentan-dose junto a las llamas, le contaron que sus padres hablan ido a trabajar a la ciudad y mientras tanto, se morian de frío y miedo.-Me quedare con vosotros hasta el regreso de vuestros padres -prometio ella.Y así lo hizo; a la hora de marchar, nerviosa por el castigo que podía imponerle su soberana por la tardanza, olvido la varita mágica en el interior de la cabaña. El Hada de las cumbres contemplo con enojo a Alba.Cómo? ,No solo te presentas tarde, sino que ademas lo haces sin tu varita? ¡Mereces un buen castigo!Las demas hadas defendian a su compañera en desgracia.-Ya se que Alba tiene cierta disculpa. Ha faltado, sí, pero por su buen corazon, el castigo no sera eterno. Solo durara cien años, durante los cuales vagara por el mundo convertida en ratita blanca.Amiguitos, si veis por casualidad a una ratita muy linda y de blancura des-lumbrante, sabed que es Alba, nuestra hadíta, que todavia no ha cumplido su castigo...
Fin
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angie blas y stefany gutierez
LA BELLA DEL BOSQUE
DURMIENTE de Charles Perrault
Érase una vez un rey y una reina que estaban muy tristes por no tener hijos, y su tristeza era tan inmensa que no hay palabras para describirla.
Por ese motivo fueron a tomar las aguas a muchos balnearios, hicieron votos, ofrendas, en fin, todo lo que se podía hacer se hizo y no sirvió para nada, de momento, hasta que un buen día, la reina tuvo una niña, y se dice que en el magnífico bautizo, se le dio a la princesita, por madrinas, a cuantas hadas se pudieron encontrar en el reino (que en esta ocasión fueron siete), con objeto de que cada una de ellas le concediese un don, como era la costumbre de las hadas en aquellos tiempos, y la princesa tuviese, por este medio, todas las perfecciones imaginables.
Después de la ceremonia del bautismo, el acompañamiento fue al palacio del rey donde hubo un gran festín para las hadas.
Se puso delante de cada una de ellas un lujoso cubierto, dentro de un estuche de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino guarnecido de diamantes y de rubíes.
Cuando ya cada comensal tenía su lugar en la mesa, se vio entrar a una vieja hada a quien no habían invitado pues hacía más de cincuenta años que no salía de un torreón y por esto la creían muerta o hechizada.
El rey hizo poner otro cubierto, pero no hubo procedimiento de conseguirle un estuche de oro macizo, como a las demás porque no se habían encargado hacer más que siete para las siete hadas.

La anciana creyó que se la despreciaba, y gruñó algunas amenazas entre dientes. Una de la jóvenes hadas que se encontraba detrás de ella, la escuchó y juzgando que podría otorgar cualquier don enojoso a la princesita, apartóse, apenas concluyó el banquete, escondiéndose detrás de los tapices a fin de hablar la última y de esta manera poder reparar en lo posible el mal que la anciana le hubiese hecho.
Mientras tanto las hadas comenzaron a otorgarle sus dones a la princesa. La primera le dio por don el ser la más bella del mundo, la segunda le auguró que tendría el espíritu angelical, la tercera que poseería una gracia admirable en todo aquello que hiciera, la cuarta que danzaría perfectamente bien, la quinta que cantaría como un ruiseñor, y la sexta que tocaría toda suerte de instrumentos musicales a la perfección.
Al llegarle el turno a la vieja hada, esta dijo, balanceando la cabeza más de despecho que por la edad, como la princesa se atravesaría la mano con un huso, y que a causa de ello moriría.

El terrible don hizo temblar a todos los presentes, y no hubo nadie que no llorase. En esos momentos, el hada que se había escondido, surgió de detrás de los tapices, y dijo en alta voz estas palabras:

-Tranquilizaos, majestades, vuestra hija no morirá; cierto es que no tengo bastante poder para destruir enteramente lo que mi anciana hermana ha hecho, mas os aseguro que la princesa al atravesarse la mano con un huso, en lugar de morir, caerá solamente en un profundo sueño que durará cien años, al final de los cuales el hijo de un rey vendrá a despertarla.
El rey, para tratar de evitar la desgracia anunciada por la vieja hada, hizo publicar prestamente un edicto, por el cual se prohibía a todos hilar con husos, o tener ruecas en su casa, bajo pena de muerte.

Al cabo de quince o dieciséis años, el rey y la reina fueron a una de sus mansiones de verano y sucedió que la joven princesa correteando un día por el palacio, y subiendo de habitación en habitación, llegó hasta arriba en donde había un desván, en el cual una viejecita estaba sola hilando con su rueca.
.Esta anciana no había oído hablar de la prohibición del rey de hilar con rueca.
-¿Qué hacéis vos, buena mujer? –quiso saber la princesa.
-Yo hilo, hermosa niña –le respondió la viejecita que no la conocía.
-¡Ah, que bonito es!- exclamó la princesa- ¿Cómo lo hacéis?, dádmelo pues quiero ver si yo también sé hacerlo.
No bien la princesa hubo cogido el huso, lo que hizo con un gesto vivo y un poco atolondrado -por otra parte la voluntad de las hadas lo ordenaba así-, se atravesó la mano cayendo desvanecida.
La buena vieja, muy asustada, gritó pidiendo socorro y llegaron servidores de todas partes, unos le echaron agua en el rostro a la princesa, otras le soltaron el corpiño, otros le dieron masaje en las manos, otros le frotaron las sienes con agua de la Reina de Hungría, pero nada le hizo recobrar el conocimiento. Entonces el rey, que había subido al escucharse el alboroto, se acordó de la predicción de las hadas, y juzgando que el momento anunciado por ellas había llegado, ordenó:
-Colocad a la princesa en la más bella estancia de palacio, sobre un lecho de colcha bordada en oro y plata.
Se hubiera dicho que parecía un ángel de lo bella que estaba, pues su desvanecimiento no había borrado los vivos colores de su tez; sus mejillas permanecían encendidas y sus labios como el coral, tenía los ojos cerrados, mas oíasela respirar dulcemente, lo cual indicaba que no estaba muerta. El rey mandó que la dejasen dormir hasta que su hora de despertar hubiese llegado.

El hada bondadosa que le había salvado la vida, condenándola a dormir cien años, estaba en el reino de Mataquin, a doce millas de allí, cuando se produjo el accidente de la princesa, pero ella fue advertida al instante por un enanito que tenía botas de siete leguas (se trata de esas botas que hacen siete leguas de un solo paso).
El hada partió enseguida y se la pudo ver al cabo de una hora llegar en un carro de fuego, arrastrado por dragones, y el rey en persona la ayudó a descender del carruaje.
El hada aprobó todo lo que el monarca había hecho, pero como era muy previsora, pensó que cuando la princesa se despertase, sentiríase apurada al estar completamente sola en el viejo castillo.

He aquí lo que el hada hizo entonces: tocó con su varita todo cuanto estaba en palacio (menos al rey y a la reina), amas de llaves, damas de honor, camareras, gentiles hombres, oficiales, mayordomos, cocineros, pinches, galopines, guardias suizos, pajes, lacayos, junto con los palafreneros, los mozos de los establos, y a Pouffe, la pequeña perrita de la princesa, que se hallaba acurrucada a su lado sobre el lecho.
En el momento en que el hada les tocó, todos se durmieron, para no despertarse más que en el momento en el cual lo hiciera su dueña, a fin de estar dispuestos a servirla en cuanto ella los necesitase, e igual sucedió con los asadores que se encontraban encima del fuego llenos de perdices y faisanes, pues se unieron en el sueño, inmovilizándose, como también las llamas.
Todo se hizo en un momento; el hada no tardó nada en realizar su quehacer. Entonces el rey y la reina, después de haber besado a su querida hija sin que ella de despertase, salieron de allí e hicieron publico que nadie podía acercarse al castillo. Aunque esta advertencia no fue necesaria, pues, en cosa de un cuarto de hora, crecieron alrededor del parque una enorme cantidad de árboles grandes y pequeños, de zarzas y de espinos entrelazados los unos con los otros, que bestia ni hombre no habrían podido atravesar.
A la salida no se veía más que la punta de las torres del castillo, y esto desde muy lejos, entonces nadie dudó que el hada había hecho bien su trabajo, a fin de que la princesa, durante el largo sueño, no tuviese nada que temer de los curiosos.

Al cabo de cien años, el hijo del monarca que reinaba entonces y que era de otra estirpe diferente a la de la princesa dormida, fue de caza por aquellos lugares y preguntó de quién era ese gran bosque entrelazado y espeso que se divisaba en lo alto de la montaña, y cada uno le respondió según lo que había oído hablar.
Los unos decían que era un viejo castillo donde vivían los espíritus; otros, que todos los brujos de alrededores lo habían convertido en su morada.
Aunque la opinión más común era que un ogro habitaba allí y que se llevaba a cuantos niños podía atrapar, para comérselos a su gusto y sin que nadie pudiera seguirle, siendo el único que podía hacerse un pasadizo a través del bosque.
El príncipe no sabía a quien creer, cuando un viejo campesino tomó la palabra diciéndole:
-Alteza, hace ya más de 50 años, escuché decir a mi padre que se encontraba en el castillo una princesa, la más bella del mundo, que debía dormir cien años y a quien despertaría de su sueño el hijo de un rey al que estaba destinada.
El joven príncipe, al oír aquellas palabras, se sintió entusiasmado creyendo sin dudarlo que él pondría fin a tan largo sueño, y llevado por el amor y por la gloria de la empresa, resolvió comprobar sobre el escenario de los hechos lo que había de verdad en la extraña leyenda.
En cuanto avanzó en dirección al bosque, todos los altos árboles, las zarzas y los espinos se apartaron para dejarle pasar y pudo ir hacia el palacio que se divisaba al extremo de una gran avenida. Entrado en ésta, lo que le sorprendió fue que nadie había podido seguirle, porque los árboles se volvían a entrelazar a su paso.

Continuando su camino, un príncipe joven y enamorado es siempre valiente, entró en un gran patio donde todo lo que vio era capaz de helar de espanto. Reinaba un silencio estremecedor, la imagen de la muerte se presentaba por doquier pues no se mostraban a su vista más que cuerpos tendidos de hombres y de animales que parecían muertos. Por la nariz enrojecida y el rostro congestionado de los Suizos, reconoció que éstos no estaban más que dormidos, y sus vasos, donde aún había algunas gotas de vino, revelaban también que se habían dormido bebiendo.
El príncipe atravesó un gran patio pavimentado en mármol, subió por las escalinatas, entró en la sala de los guardias, que se hallaban alineados en fila, el arma sobre el hombro, mientras roncaban a más y mejor.
Cruzó muchas estancias plenas de gentiles hombres y de damas, durmiendo todos, los unos de pie, los otros sentados y entrando en una sala dorada, contempló sobre un lecho, cuyos cortinajes estaban descorridos, el más hermoso espectáculo que jamás viera: una princesa que parecía tener 15 o 16 años y que resplandecía con algo parecido a una divina luminosidad. Entonces se acercó temblando de admiración y se arrodilló a su lado.

Y, como el termino del encantamiento había llegado, la princesa despertó, y, mirándole con los ojos más tiernos que un primer encuentro parecía permitir, le dijo:
-¿Sois vos, príncipe mío?, bien que me habéis hecho esperar.
El príncipe, fascinado al escuchar tal bienvenida y todavía más de la manera que fue pronunciada, no sabía como testimoniarle su alegría y su reconocimiento, y le aseguró que la amaba más que a sí mismo.

Sus palabras fueron torpemente dichas, pues a poca elocuencia mucho amor. El príncipe se mostraba más tímido que ella, y esto no debe sorprendernos; la princesa tuvo tiempo de soñar lo que le iba a decir pues existe cierta sospecha (la historia de eso nada cuenta), de que la bondadosa hada, durante los cien años que permaneciera dormida, le había procurado el placer de los sueños agradables.
En fin, que transcurrieron cuatro horas hablando entre ellos y no se habían dicho todavía la mitad de las cosas que se tenían que decir.
Mientras, todo el palacio se había despertado con la princesa, cada uno reanudando el desempeño de su trabajo, y ya que ellos no estaban enamorados, se morían de hambre. La dama de honor, hambrienta como los otros, se impacientó, y dijo en voz alta a la princesa, que la comida estaba servida.
El príncipe ayudo a la joven a levantarse; esta se hallaba ataviada con gran magnificencia, pero él se guardó bien de decirle que iba vestida como su abuela, aunque no estaba menos bella por eso. Ambos entraron en un gran salón de espejos, cenando atendidos por los servidores de la princesa.

Los violines y los oboes ejecutaban antiguas piezas de manera excelente y eso que habían permanecido cien años inactivos, y, después de cenar, sin perder tiempo, el gran capellán los casó en la capilla de palacio. Los dos poco durmieron, la princesa no tenía una gran necesidad, y el príncipe la dejó de buena mañana para volver a su reino, donde su padre debía estar preocupado por él.

El príncipe le dijo que cazando perdióse en el bosque y que había dormido en la choza de un carbonero que le había hecho comer pan negro y queso. Su padre el rey, que era un buen hombre fácil de convencer, le creyó, pero no así su madre.
Viendo la reina que el príncipe se iba casi todos los días de caza, y que tenía siempre una razón para excusarse cuando había dormido fuera dos o tres noches, ella no dudó ni un momento que su hijo tenía algún amorío.
El joven y la princesa vivieron juntos un par de años y tuvieron dos hijos, al primero, que fue una niña, la llamaron Aurora, y al segundo, un varón, le dieron el nombre de Día, porque era todavía más hermoso que su hermana..

La reina quiso muchas veces arrancarle el secreto de tantos misterios a su hijo, pero él no osó jamás confiárselo, ya que temía por aquellos a quienes amaba; su madre era de raza ogresa y el rey se había casado con ella a causa de su fortuna y se decía por lo bajo en la corte, que la reina poseía las inclinaciones de los ogros, ya que viendo a los niños pequeños, lo pasaba muy mal teniendo que reprimir sus instintos, por este motivo el príncipe no quiso nunca decirle que se había casado y tenía dos hijos.
Pero cuando el rey su padre murió, lo que tuvo lugar también al cabo de dos años, el príncipe ocupó el trono, declarando entonces públicamente su matrimonio, y con gran ceremonia fue a buscar a la reina su esposa, al castillo, para después llevarla con gran pompa a la capital en donde ella entró en la ciudad con cada uno de sus hijos a ambos lados.
Algún tiempo después el joven soberano fue a hacer la guerra al emperador Cantalabuffe, su vecino, dejando la regencia del reino en manos de la reina madre, y encomendándole vivamente a su esposa e hijos.
El joven rey debía estar en la guerra todo el verano, y en cuanto partió, la reina madre envió a su nuera y a los niños a un palacio en el campo entre los bosques, para poder llevar a cabo, más a su gusto, los horribles propósitos que la dominaban.
Unos cuantos días después, ella fue a ese palacio y le dijo cierta tarde a su maestresala:
-Quiero comerme mañana para almorzar a la pequeña Aurora.

-¡Ah, Señora! –gimió el pobre hombre.
–¡Yo lo mando –dijo la reina madre (y lo dijo en el tono de una ogresa que tiene el deseo de comer carne fresca)-, y me la quiero comer con salsa!
El maestresala, comprendiendo que no podía desobedecer a la ogresa, cogió un gran cuchillo, y subió a la habitación de la pequeña Aurora.
Ella, que tenía entonces 4 años, se le acercó saltando y riendo y se le echó al cuello pidiéndole bombones. Él se puso a llorar, cayéndosele el cuchillo de las manos, y marchó al corral a sacrificar un cordero, aderezado con una salsa tan excelente que su ama aseguró satisfecha, no haber comido nunca nada semejante.

El maestresala escondió a la pequeña Aurora en su propio hogar, cercano al palacio, dejándola al cuidado de su esposa..
Ocho días después, la malvada reina le volvió a decir:
-Quiero comerme para la cena al pequeño Día.
El maestresala no replicó; resuelto a engañarla como la primera vez, fue a buscar al pequeño Día, que no tenía más que tres años, y le encontró con un florete en la mano jugando a cruzar las armas con un mono amaestrado. De nuevo se lo entregó a su esposa que lo llevó al mismo escondite de la pequeña Aurora, y el buen hombre le dio a la ogresa, en lugar del niño, a un pequeño cabritillo muy tierno, que la ogresa encontró de lo más apetitoso.
Todo había ido muy bien hasta entonces, pero un día la perversa reina le dijo al maestresala:
-Quiero comerme a la reina en la misma salsa que a sus hijos.
Y fue entonces cuando el pobre hombre desesperó de poder seguir engañándola. La joven reina tenía 20 años pasados, sin contar los cien que estuvo durmiendo, su piel era un poco dura, aunque bella y blanca; ¿cómo iba a encontrar en el corral manjar semejante?

El atribulado servidor tomó entonces la decisión, para salvar la vida, de matar a la reina, y subió a sus habitaciones con la intención de hacerlo, aunque furioso por ello. Entró con el puñal en la mano en la habitación de la joven reina., pero no queriendo sorprenderla, le transmitió con mucho respeto la orden que había recibido de la reina madre.
-Cumplid con vuestro deber –le contestó ella tendiéndole el cuello-, ejecutad la orden que os han dado, así iré a reunirme con mis hijos, mis pobres hijos que tanto he amado- pues ella les creía muertos desde que se los habían quitado sin decirle nada.
-¡No, no, Señora –le respondió el desdichado maestresala enternecido-, vos no vais a morir, y podréis volver a ver a vuestros queridos hijos, pero esto será en mi casa donde yo les he ocultado, y engañaré de nuevo a la reina, haciéndole comer una joven cierva en vuestro lugar!
La llevó, pues, a su casa, donde le dejó abrazar a los niños y llorar con ellos, preparando una cierva que la reina devoró en su cena, con el mismo apetito que si se hubiera tratado de su nuera.
La reina madre estaba bien contenta de su crueldad, y se preparaba para decirle al rey, cuando éste regresase, que unos lobos hambrientos se habían comido a la reina su esposa y a sus dos hijos.
Una tarde que rondaba como de costumbre por los corrales del palacio para olfatear carne fresca, escuchó en una salita al pequeño Día que lloraba porque la joven reina le quería castigar ya que no se había portado bien, y oyó también a la princesita Aurora que intercedía por su hermano. La ogresa reconoció la voz de la reina y de sus hijos y furiosa al descubrir el engaño, ordenó, a la mañana siguiente, con voz espantosa que hacía temblar a todo el mundo, que pusieran en medio del patio una enorme caldera que hizo llenar de sapos, víboras, de culebras y de serpientes, para meter a su nuera y a sus nietos, al maestresala, a su esposa y a los sirvientes de éstos.
La reina madre había dado la orden de llevarles con las manos atadas a la espalda, y ya estaban allí, y los verdugos se preparaban a tirarlos dentro de la cuba, cuando el rey, a quien nadie esperaba, entró en el patio a caballo.
El monarca había venido de improviso, y preguntó a todos sorprendido que significaba ese horrible espectáculo; nadie osaba decírselo, cuando la ogresa, rabiosa al ver lo que estaba viendo, se tiró ella misma de cabeza en la marmita y fue devorada en un instante por las alimañas que había hecho meter.
El rey no pudo impedir el sentirlo, después de todo era su madre, mas se consoló pronto con su bella esposa y sus hijos.
Traducido del original francés por Estrella Cardona Gamio













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LA BELLA DEL BOSQUE
DURMIENTE de Charles Perrault
Érase una vez un rey y una reina que estaban muy tristes por no tener hijos, y su tristeza era tan inmensa que no hay palabras para describirla.
Por ese motivo fueron a tomar las aguas a muchos balnearios, hicieron votos, ofrendas, en fin, todo lo que se podía hacer se hizo y no sirvió para nada, de momento, hasta que un buen día, la reina tuvo una niña, y se dice que en el magnífico bautizo, se le dio a la princesita, por madrinas, a cuantas hadas se pudieron encontrar en el reino (que en esta ocasión fueron siete), con objeto de que cada una de ellas le concediese un don, como era la costumbre de las hadas en aquellos tiempos, y la princesa tuviese, por este medio, todas las perfecciones imaginables.
Después de la ceremonia del bautismo, el acompañamiento fue al palacio del rey donde hubo un gran festín para las hadas.
Se puso delante de cada una de ellas un lujoso cubierto, dentro de un estuche de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino guarnecido de diamantes y de rubíes.
Cuando ya cada comensal tenía su lugar en la mesa, se vio entrar a una vieja hada a quien no habían invitado pues hacía más de cincuenta años que no salía de un torreón y por esto la creían muerta o hechizada.
El rey hizo poner otro cubierto, pero no hubo procedimiento de conseguirle un estuche de oro macizo, como a las demás porque no se habían encargado hacer más que siete para las siete hadas.

La anciana creyó que se la despreciaba, y gruñó algunas amenazas entre dientes. Una de la jóvenes hadas que se encontraba detrás de ella, la escuchó y juzgando que podría otorgar cualquier don enojoso a la princesita, apartóse, apenas concluyó el banquete, escondiéndose detrás de los tapices a fin de hablar la última y de esta manera poder reparar en lo posible el mal que la anciana le hubiese hecho.
Mientras tanto las hadas comenzaron a otorgarle sus dones a la princesa. La primera le dio por don el ser la más bella del mundo, la segunda le auguró que tendría el espíritu angelical, la tercera que poseería una gracia admirable en todo aquello que hiciera, la cuarta que danzaría perfectamente bien, la quinta que cantaría como un ruiseñor, y la sexta que tocaría toda suerte de instrumentos musicales a la perfección.
Al llegarle el turno a la vieja hada, esta dijo, balanceando la cabeza más de despecho que por la edad, como la princesa se atravesaría la mano con un huso, y que a causa de ello moriría.

El terrible don hizo temblar a todos los presentes, y no hubo nadie que no llorase. En esos momentos, el hada que se había escondido, surgió de detrás de los tapices, y dijo en alta voz estas palabras:

-Tranquilizaos, majestades, vuestra hija no morirá; cierto es que no tengo bastante poder para destruir enteramente lo que mi anciana hermana ha hecho, mas os aseguro que la princesa al atravesarse la mano con un huso, en lugar de morir, caerá solamente en un profundo sueño que durará cien años, al final de los cuales el hijo de un rey vendrá a despertarla.
El rey, para tratar de evitar la desgracia anunciada por la vieja hada, hizo publicar prestamente un edicto, por el cual se prohibía a todos hilar con husos, o tener ruecas en su casa, bajo pena de muerte.

Al cabo de quince o dieciséis años, el rey y la reina fueron a una de sus mansiones de verano y sucedió que la joven princesa correteando un día por el palacio, y subiendo de habitación en habitación, llegó hasta arriba en donde había un desván, en el cual una viejecita estaba sola hilando con su rueca.
.Esta anciana no había oído hablar de la prohibición del rey de hilar con rueca.
-¿Qué hacéis vos, buena mujer? –quiso saber la princesa.
-Yo hilo, hermosa niña –le respondió la viejecita que no la conocía.
-¡Ah, que bonito es!- exclamó la princesa- ¿Cómo lo hacéis?, dádmelo pues quiero ver si yo también sé hacerlo.
No bien la princesa hubo cogido el huso, lo que hizo con un gesto vivo y un poco atolondrado -por otra parte la voluntad de las hadas lo ordenaba así-, se atravesó la mano cayendo desvanecida.
La buena vieja, muy asustada, gritó pidiendo socorro y llegaron servidores de todas partes, unos le echaron agua en el rostro a la princesa, otras le soltaron el corpiño, otros le dieron masaje en las manos, otros le frotaron las sienes con agua de la Reina de Hungría, pero nada le hizo recobrar el conocimiento. Entonces el rey, que había subido al escucharse el alboroto, se acordó de la predicción de las hadas, y juzgando que el momento anunciado por ellas había llegado, ordenó:
-Colocad a la princesa en la más bella estancia de palacio, sobre un lecho de colcha bordada en oro y plata.
Se hubiera dicho que parecía un ángel de lo bella que estaba, pues su desvanecimiento no había borrado los vivos colores de su tez; sus mejillas permanecían encendidas y sus labios como el coral, tenía los ojos cerrados, mas oíasela respirar dulcemente, lo cual indicaba que no estaba muerta. El rey mandó que la dejasen dormir hasta que su hora de despertar hubiese llegado.

El hada bondadosa que le había salvado la vida, condenándola a dormir cien años, estaba en el reino de Mataquin, a doce millas de allí, cuando se produjo el accidente de la princesa, pero ella fue advertida al instante por un enanito que tenía botas de siete leguas (se trata de esas botas que hacen siete leguas de un solo paso).
El hada partió enseguida y se la pudo ver al cabo de una hora llegar en un carro de fuego, arrastrado por dragones, y el rey en persona la ayudó a descender del carruaje.
El hada aprobó todo lo que el monarca había hecho, pero como era muy previsora, pensó que cuando la princesa se despertase, sentiríase apurada al estar completamente sola en el viejo castillo.

He aquí lo que el hada hizo entonces: tocó con su varita todo cuanto estaba en palacio (menos al rey y a la reina), amas de llaves, damas de honor, camareras, gentiles hombres, oficiales, mayordomos, cocineros, pinches, galopines, guardias suizos, pajes, lacayos, junto con los palafreneros, los mozos de los establos, y a Pouffe, la pequeña perrita de la princesa, que se hallaba acurrucada a su lado sobre el lecho.
En el momento en que el hada les tocó, todos se durmieron, para no despertarse más que en el momento en el cual lo hiciera su dueña, a fin de estar dispuestos a servirla en cuanto ella los necesitase, e igual sucedió con los asadores que se encontraban encima del fuego llenos de perdices y faisanes, pues se unieron en el sueño, inmovilizándose, como también las llamas.
Todo se hizo en un momento; el hada no tardó nada en realizar su quehacer. Entonces el rey y la reina, después de haber besado a su querida hija sin que ella de despertase, salieron de allí e hicieron publico que nadie podía acercarse al castillo. Aunque esta advertencia no fue necesaria, pues, en cosa de un cuarto de hora, crecieron alrededor del parque una enorme cantidad de árboles grandes y pequeños, de zarzas y de espinos entrelazados los unos con los otros, que bestia ni hombre no habrían podido atravesar.
A la salida no se veía más que la punta de las torres del castillo, y esto desde muy lejos, entonces nadie dudó que el hada había hecho bien su trabajo, a fin de que la princesa, durante el largo sueño, no tuviese nada que temer de los curiosos.

Al cabo de cien años, el hijo del monarca que reinaba entonces y que era de otra estirpe diferente a la de la princesa dormida, fue de caza por aquellos lugares y preguntó de quién era ese gran bosque entrelazado y espeso que se divisaba en lo alto de la montaña, y cada uno le respondió según lo que había oído hablar.
Los unos decían que era un viejo castillo donde vivían los espíritus; otros, que todos los brujos de alrededores lo habían convertido en su morada.
Aunque la opinión más común era que un ogro habitaba allí y que se llevaba a cuantos niños podía atrapar, para comérselos a su gusto y sin que nadie pudiera seguirle, siendo el único que podía hacerse un pasadizo a través del bosque.
El príncipe no sabía a quien creer, cuando un viejo campesino tomó la palabra diciéndole:
-Alteza, hace ya más de 50 años, escuché decir a mi padre que se encontraba en el castillo una princesa, la más bella del mundo, que debía dormir cien años y a quien despertaría de su sueño el hijo de un rey al que estaba destinada.
El joven príncipe, al oír aquellas palabras, se sintió entusiasmado creyendo sin dudarlo que él pondría fin a tan largo sueño, y llevado por el amor y por la gloria de la empresa, resolvió comprobar sobre el escenario de los hechos lo que había de verdad en la extraña leyenda.
En cuanto avanzó en dirección al bosque, todos los altos árboles, las zarzas y los espinos se apartaron para dejarle pasar y pudo ir hacia el palacio que se divisaba al extremo de una gran avenida. Entrado en ésta, lo que le sorprendió fue que nadie había podido seguirle, porque los árboles se volvían a entrelazar a su paso.

Continuando su camino, un príncipe joven y enamorado es siempre valiente, entró en un gran patio donde todo lo que vio era capaz de helar de espanto. Reinaba un silencio estremecedor, la imagen de la muerte se presentaba por doquier pues no se mostraban a su vista más que cuerpos tendidos de hombres y de animales que parecían muertos. Por la nariz enrojecida y el rostro congestionado de los Suizos, reconoció que éstos no estaban más que dormidos, y sus vasos, donde aún había algunas gotas de vino, revelaban también que se habían dormido bebiendo.
El príncipe atravesó un gran patio pavimentado en mármol, subió por las escalinatas, entró en la sala de los guardias, que se hallaban alineados en fila, el arma sobre el hombro, mientras roncaban a más y mejor.
Cruzó muchas estancias plenas de gentiles hombres y de damas, durmiendo todos, los unos de pie, los otros sentados y entrando en una sala dorada, contempló sobre un lecho, cuyos cortinajes estaban descorridos, el más hermoso espectáculo que jamás viera: una princesa que parecía tener 15 o 16 años y que resplandecía con algo parecido a una divina luminosidad. Entonces se acercó temblando de admiración y se arrodilló a su lado.

Y, como el termino del encantamiento había llegado, la princesa despertó, y, mirándole con los ojos más tiernos que un primer encuentro parecía permitir, le dijo:
-¿Sois vos, príncipe mío?, bien que me habéis hecho esperar.
El príncipe, fascinado al escuchar tal bienvenida y todavía más de la manera que fue pronunciada, no sabía como testimoniarle su alegría y su reconocimiento, y le aseguró que la amaba más que a sí mismo.

Sus palabras fueron torpemente dichas, pues a poca elocuencia mucho amor. El príncipe se mostraba más tímido que ella, y esto no debe sorprendernos; la princesa tuvo tiempo de soñar lo que le iba a decir pues existe cierta sospecha (la historia de eso nada cuenta), de que la bondadosa hada, durante los cien años que permaneciera dormida, le había procurado el placer de los sueños agradables.
En fin, que transcurrieron cuatro horas hablando entre ellos y no se habían dicho todavía la mitad de las cosas que se tenían que decir.
Mientras, todo el palacio se había despertado con la princesa, cada uno reanudando el desempeño de su trabajo, y ya que ellos no estaban enamorados, se morían de hambre. La dama de honor, hambrienta como los otros, se impacientó, y dijo en voz alta a la princesa, que la comida estaba servida.
El príncipe ayudo a la joven a levantarse; esta se hallaba ataviada con gran magnificencia, pero él se guardó bien de decirle que iba vestida como su abuela, aunque no estaba menos bella por eso. Ambos entraron en un gran salón de espejos, cenando atendidos por los servidores de la princesa.

Los violines y los oboes ejecutaban antiguas piezas de manera excelente y eso que habían permanecido cien años inactivos, y, después de cenar, sin perder tiempo, el gran capellán los casó en la capilla de palacio. Los dos poco durmieron, la princesa no tenía una gran necesidad, y el príncipe la dejó de buena mañana para volver a su reino, donde su padre debía estar preocupado por él.

El príncipe le dijo que cazando perdióse en el bosque y que había dormido en la choza de un carbonero que le había hecho comer pan negro y queso. Su padre el rey, que era un buen hombre fácil de convencer, le creyó, pero no así su madre.
Viendo la reina que el príncipe se iba casi todos los días de caza, y que tenía siempre una razón para excusarse cuando había dormido fuera dos o tres noches, ella no dudó ni un momento que su hijo tenía algún amorío.
El joven y la princesa vivieron juntos un par de años y tuvieron dos hijos, al primero, que fue una niña, la llamaron Aurora, y al segundo, un varón, le dieron el nombre de Día, porque era todavía más hermoso que su hermana..

La reina quiso muchas veces arrancarle el secreto de tantos misterios a su hijo, pero él no osó jamás confiárselo, ya que temía por aquellos a quienes amaba; su madre era de raza ogresa y el rey se había casado con ella a causa de su fortuna y se decía por lo bajo en la corte, que la reina poseía las inclinaciones de los ogros, ya que viendo a los niños pequeños, lo pasaba muy mal teniendo que reprimir sus instintos, por este motivo el príncipe no quiso nunca decirle que se había casado y tenía dos hijos.
Pero cuando el rey su padre murió, lo que tuvo lugar también al cabo de dos años, el príncipe ocupó el trono, declarando entonces públicamente su matrimonio, y con gran ceremonia fue a buscar a la reina su esposa, al castillo, para después llevarla con gran pompa a la capital en donde ella entró en la ciudad con cada uno de sus hijos a ambos lados.
Algún tiempo después el joven soberano fue a hacer la guerra al emperador Cantalabuffe, su vecino, dejando la regencia del reino en manos de la reina madre, y encomendándole vivamente a su esposa e hijos.
El joven rey debía estar en la guerra todo el verano, y en cuanto partió, la reina madre envió a su nuera y a los niños a un palacio en el campo entre los bosques, para poder llevar a cabo, más a su gusto, los horribles propósitos que la dominaban.
Unos cuantos días después, ella fue a ese palacio y le dijo cierta tarde a su maestresala:
-Quiero comerme mañana para almorzar a la pequeña Aurora.

-¡Ah, Señora! –gimió el pobre hombre.
–¡Yo lo mando –dijo la reina madre (y lo dijo en el tono de una ogresa que tiene el deseo de comer carne fresca)-, y me la quiero comer con salsa!
El maestresala, comprendiendo que no podía desobedecer a la ogresa, cogió un gran cuchillo, y subió a la habitación de la pequeña Aurora.
Ella, que tenía entonces 4 años, se le acercó saltando y riendo y se le echó al cuello pidiéndole bombones. Él se puso a llorar, cayéndosele el cuchillo de las manos, y marchó al corral a sacrificar un cordero, aderezado con una salsa tan excelente que su ama aseguró satisfecha, no haber comido nunca nada semejante.

El maestresala escondió a la pequeña Aurora en su propio hogar, cercano al palacio, dejándola al cuidado de su esposa..
Ocho días después, la malvada reina le volvió a decir:
-Quiero comerme para la cena al pequeño Día.
El maestresala no replicó; resuelto a engañarla como la primera vez, fue a buscar al pequeño Día, que no tenía más que tres años, y le encontró con un florete en la mano jugando a cruzar las armas con un mono amaestrado. De nuevo se lo entregó a su esposa que lo llevó al mismo escondite de la pequeña Aurora, y el buen hombre le dio a la ogresa, en lugar del niño, a un pequeño cabritillo muy tierno, que la ogresa encontró de lo más apetitoso.
Todo había ido muy bien hasta entonces, pero un día la perversa reina le dijo al maestresala:
-Quiero comerme a la reina en la misma salsa que a sus hijos.
Y fue entonces cuando el pobre hombre desesperó de poder seguir engañándola. La joven reina tenía 20 años pasados, sin contar los cien que estuvo durmiendo, su piel era un poco dura, aunque bella y blanca; ¿cómo iba a encontrar en el corral manjar semejante?

El atribulado servidor tomó entonces la decisión, para salvar la vida, de matar a la reina, y subió a sus habitaciones con la intención de hacerlo, aunque furioso por ello. Entró con el puñal en la mano en la habitación de la joven reina., pero no queriendo sorprenderla, le transmitió con mucho respeto la orden que había recibido de la reina madre.
-Cumplid con vuestro deber –le contestó ella tendiéndole el cuello-, ejecutad la orden que os han dado, así iré a reunirme con mis hijos, mis pobres hijos que tanto he amado- pues ella les creía muertos desde que se los habían quitado sin decirle nada.
-¡No, no, Señora –le respondió el desdichado maestresala enternecido-, vos no vais a morir, y podréis volver a ver a vuestros queridos hijos, pero esto será en mi casa donde yo les he ocultado, y engañaré de nuevo a la reina, haciéndole comer una joven cierva en vuestro lugar!
La llevó, pues, a su casa, donde le dejó abrazar a los niños y llorar con ellos, preparando una cierva que la reina devoró en su cena, con el mismo apetito que si se hubiera tratado de su nuera.
La reina madre estaba bien contenta de su crueldad, y se preparaba para decirle al rey, cuando éste regresase, que unos lobos hambrientos se habían comido a la reina su esposa y a sus dos hijos.
Una tarde que rondaba como de costumbre por los corrales del palacio para olfatear carne fresca, escuchó en una salita al pequeño Día que lloraba porque la joven reina le quería castigar ya que no se había portado bien, y oyó también a la princesita Aurora que intercedía por su hermano. La ogresa reconoció la voz de la reina y de sus hijos y furiosa al descubrir el engaño, ordenó, a la mañana siguiente, con voz espantosa que hacía temblar a todo el mundo, que pusieran en medio del patio una enorme caldera que hizo llenar de sapos, víboras, de culebras y de serpientes, para meter a su nuera y a sus nietos, al maestresala, a su esposa y a los sirvientes de éstos.
La reina madre había dado la orden de llevarles con las manos atadas a la espalda, y ya estaban allí, y los verdugos se preparaban a tirarlos dentro de la cuba, cuando el rey, a quien nadie esperaba, entró en el patio a caballo.
El monarca había venido de improviso, y preguntó a todos sorprendido que significaba ese horrible espectáculo; nadie osaba decírselo, cuando la ogresa, rabiosa al ver lo que estaba viendo, se tiró ella misma de cabeza en la marmita y fue devorada en un instante por las alimañas que había hecho meter.
El rey no pudo impedir el sentirlo, después de todo era su madre, mas se consoló pronto con su bella esposa y sus hijos.
Traducido del original francés por Estrella Cardona Gamio













El Hada soberana de las cumbres invito un dia a todas las hadas de las nieves a una fiesta en su palacio. Todas acudieron envueltas en sus capas de armiño y guiando sus carrozas de escarcha. Pero una de ellas, Alba, al oir llorar a unos niños que vivian en una solitaria cabaña, se detuvo en el camino.El hada entro en la pobre casa y encendio la chimenea. Los niños, calentan-dose junto a las llamas, le contaron que sus padres hablan ido a trabajar a la ciudad y mientras tanto, se morian de frío y miedo.-Me quedare con vosotros hasta el regreso de vuestros padres -prometio ella.Y así lo hizo; a la hora de marchar, nerviosa por el castigo que podía imponerle su soberana por la tardanza, olvido la varita mágica en el interior de la cabaña. El Hada de las cumbres contemplo con enojo a Alba.Cómo? ,No solo te presentas tarde, sino que ademas lo haces sin tu varita? ¡Mereces un buen castigo!Las demas hadas defendian a su compañera en desgracia.-Ya se que Alba tiene cierta disculpa. Ha faltado, sí, pero por su buen corazon, el castigo no sera eterno. Solo durara cien años, durante los cuales vagara por el mundo convertida en ratita blanca.Amiguitos, si veis por casualidad a una ratita muy linda y de blancura des-lumbrante, sabed que es Alba, nuestra hadíta, que todavia no ha cumplido su castigo...
Fin
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QUE LES GUSTE ESTAS PALABRAS TAN HERMOSAS QUE LES HEMOS PREPARADO PARA UTD .

SOMOS VICENTINAS SOMOS DEL

COLEGIO: VIRGO POTENS

juegos

entren en l,ols juegos de barbie porque son muy bonitos

vicentinas del 4 ``b´´

angel celeste venegas huertas.
las del 4 ``b´´son las mejores del mundo y del universo con el ejemplo de sor rosita povis y de las hijas de la caridad de san vicente de paul . san vicente ayudo mucho al mundo

colegio virgo potens

el colegio virgo potens es un colegio grande y esta cumpliendo 49 años y 150 años a la llegada de las hijas de la caridad le deseo un bonito aniversario

poesia mi colegio

mi colegio querido mi colegio hermoso los colores son simbolos de mi estudio
es color rojo AMOR blanco PAZ azul ESTUDIO
y me enseñaron ha ser las cosas bien y estudiar conb esmero
marilyn lisbeth

virgo potens

colegio virgo potens un colegio para las vicentinas las mejores del mundo gracias a los profesores que nos enseñan correctamente gracias querido colegio . virgo potens

mi clegio

mi colegio esta de fiesta 49 años esta cumpliendo y yo quiero desearle lo mejor para que siga adelante junto con las hijas de la caridad.
este colegio es mi orgullo. mi colegio virgo potens es muy bonito y mis amigas son lo mejor a Angie la conosco desde primer grado. que mas puedo desir de mi colegio y de mis amigas.

la bella durmiente

hAbía una vez una bella niña ,ya la estaban bautisando pero entro una señora malvada y dijo no me invitaron pero ahora van a ver mi furia la niña cuando cumpla 15 años se pinchara el dedo y morira, trataron de atraparla pero se fue después de que ella se fue los papás de sesperados llamaron a las hadas Flora,Fauna y Primavera para que ayudaran asu linda princesita las hadas le hecharon algo de su polvo magico para hacer algo los papás desesperados dijeron que se llevaran a su niña por 15 años,pasaron los 15 años y la niña cumplia 15 años ,las hadas,la niña pensaba que las hadas eran sus tías ,la señora mala estaba buscando a la niña pero como no la encontraba y mando asu pajaro9 a que la trajera ,las hadas le ivan a ser una fiesta sorpresa a la niña y la mandaron a recojer manzanas por ahi la niña conocio a un principe,mientras que las hadas hacian el pastel y un vestido hermoso con magia porque no podian hacer nada sin magia grecia estenós

El lèon,la zorra yel asno

El león, la zorra y el asno se asociaron para ir de caza.Cuando ya tuvieron bastante, dijo el león al asno que repartiera entre los tres el botín. Hizo el asno tres partes iguales y le pidió al león que escogiera la suya. Indignado por haber hecho las tres partes iguales, saltó sobre él y lo devoró.
Entonces pidió a la zorra que fuera ella quien repartiera.
La zorra hizo un montón de casi todo, dejando en el otro grupo sólo unas piltrafas. Llamó al león para que escogiera de nuevo.
Al ver aquello, le preguntó el león que quien le había enseñado a repartir tan bien.
¡ Pues el asno, señor !
siempre es bueno no burlarse del error ajeno sino aprender de èl.

FIN
Mayori yanira agurto huamanì.

Mi colegio


  • Mi colegioes muy educado porque tiene el patio muy limpio.Y las profesoras son buena y educadas y nos ayuda en nuestra tareas y nos educa. Y todas las niñas son muy buenas y educadas. candy



Mi perrrito

Mi PERRITO


Mi perrito es muy chiquito y bonito tambien me persigue a donde quiero a las casas tambien me lame con su lenguita cuando vengo tambien me agrada tenerlo conmigo esta el yo lo educo a veces cuando tengo tiempo tambien lo paseo siempre cuando se porta bien .


Cuando se pota mal le pego y le ago comer me quiere mucho y yo a el.


Mi perrito se amarga cuando le pego a el a veces no le pego porque me da pena que se amarge y me muerda tambien pero le pego cuando me muerde tambien.


FIN


GRACIAS A TODOS POR ESCUCHAR


DE ANGIE PEREZ BALBIN



LAS MEJORES AMIGAS DEL MUNDO

ERA UNA VEZ UNA ÑIÑA SE MUDO DE CASA ENTONCES TUVO QUE CAMBIARSE DE COLEGIO, NO LE PARECIO JUSTO Y ENTONCES SE ESCAPO DE SU CASA , SU MAMÁ LLORANDO LA BUSCAVA POR TODOS LADOS.



SU HIJA CAMINABA POR LOS BOSQUES ASUSTADA CON FRÍO Y CON HAMBRE, DE PRONTO SE ENCONTRO CON UNA LUCIERNAGA Y SE HICIERON LAS MEJORES AMIGAS, UN DÍA SU MADRE LA ENCONTRO PERO ELLA NO LA RECONOCIA PORQUE PERDIO LA MEMORIA CUANDO SE CAYÓ EN UNA PIEDRA, ENTONCES SU MADRE SE PREOCUPO FUE ASU CASA MUY TRISTE Y LE CONTO TODO LO QUE HABIA PASADO A SU ESPOSO.


UN DÍA SU HIJA SE SENTIA MUY CONFUNDIDA Y SU AMIGA LA LUCIERNAGA LE APOYO MUCHO EN SUS PROBLEMAS, UN DÍA SU HIJA RECORDO LA MEMORIA Y LE DIJO A SU AMIGA LA LUCIERNAGA GRACIAS POR HABERLE APOYADO EN TODOS LOS MOMENTOS Y SE FUE CON SU MAMÁ.

FIN

BRIGITH SULLÓN YOHANNA FLORES

nuestro colegio esta de fiesta lo celebramos com mucha al alegria y con cariño de nuestras almasy por eso le doy gracias porque cumple 49 años y su llegada es 150 años de la llegada de las hermana vicentinas ,y por eso somos como Sor Rosita povis tenbladera y ojala quete guste lo siguiente........
nstro colegio esta de fiesta cumple 49 anos y su llegada es 150 anos por neso lo celebramos con alegria el colegio virgo potens gracias a ella a prendimos a estudiar y sor rosita povis gracias por su atencion te vamos a dedicar esta cancion
vicentinos del mundo ...povis pretell

viernes, 7 de noviembre de 2008

LAS DIVINAS

MI COLEGIO ES MUY HERMOSO DONDE ME ENSEÑAN VALORES Y ME EDUCAN LOS MEJORES PROFESORES DIA A DIA LAS ENSEÑANZAS SON DE CALIDAD .

martes, 4 de noviembre de 2008

Las hadas


Erase una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor asemejaba a la madre en todo, tanto físicamente como en el carácter, quien veía a la madre veía a la hija. Las dos eran sumamente antipáticas y llenas de soberbia, a tal punto que nadie quería estar cerca de ellas, ni vivir junto a ellas.

La más joven por el contrario, tenía una dulzura increíble, y por la bondad del corazón, era el retrato de su padre, y era de una belleza incomparable que era difícil encontrar otra joven tan bella como ella. Naturalmente, como todos aman a sus semejantes, la madre tenia predilección por la mayor y sentía por la menor una aversión y repugnancia espantosa.

Le hacía comer en la cocina, y todos los que haceres de la casa le tocaban a ella. Aparte de todo, esta pobre niña debía dar dos viajes a una fuente distante, de más de una milla y media a buscar agua y traer un gran cántaro lleno.

Un día mientras estaba en la fuente llenando su cántaro, se le acerca una pobre vieja, quién le rogó que le diera agua de beber. "Pero claro, abuelita, con mucho gusto." respondió la niña, "espere que le llene la jarra". Inmediatamente la limpió, la llenó con agua fresca y se la presentó, sosteniéndola en sus propias manos para que bebiera cómodamente y hasta saciarse. Cuando hubo bebido, la viejita le dijo: "Eres tan buena, y tan bella que por esto no puedo hacer menos que darte un regalo". Aquella era un hada que había tomado la forma de una vieja campesina para ver hasta donde llegaba la bondad de la jovencita. Y continuó."Te doy por regalo que por cada palabra que sale de tu boca brotará o una flor o una piedra preciosa".

La muchacha regresó a la casa con el cántaro lleno, algunos minutos más tarde; la madre estaba hecha una furia por el minúsculo retardo. "Mamá, ten paciencia, te pido perdón" dijo la hija toda humilde, y en tanto hablaba le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos diamantes enormes. "Pero qué sucede aquí!!" dijo la madre estupefacta, "me equivoco o estás escupiendo perlas y diamantes!... Oh pero cómo, hija mía? ..."

Era la primera vez en toda su vida que la llamaba así y en tono afectuoso. La niña contó ingenuamente todo lo que le había sucedido en la fuente; y mientras hablaba , brotaban los rubíes, topacios de sus labios. "Oh, qué fortuna!", dice la madre, "necesito enviar también a esta otra niña.

Mira, Cecchina, mira lo que sale de la boca de tu hermana cuando habla. Te gustaría tener también a ti este don?... Es necesario que solamente vayas a la fuente de agua y si una viejita te pide agua, dásela con mucha amabilidad." "¡No faltaba más, ir a la fuente ahora!" reclamó la otra. "¡Te digo que vayas ahora mismo!" Gritó la mamá.

Salió corriendo la muchacha, llevando consigo la más bella jarra de plata que había en la casa. ... Apenas había llegado a la fuente, apareció a una gran señora, vestida magníficamente, que le pide un poco de agua. Era la misma hada que había aparecido a su hermana; pero había tomado el aspecto y vestuario de una princesa, para ver hasta dónde llegaba la malacrianza de esa joven. "¡Pero claro" dice la soberbia, "que he venido aquí para darle de beber a usted! ...¡Seguro!...Para darle de beber a usted y no a otra persona!...Un momento, si tiene sed, la fuente está ahí!" "Tienes muy poca educación, muchacha..." dijo el hada sin inmutarse "Ya que eres tan maleducada te doy por regalo , que por cada palabra pronunciada saldrán de tu boca una rana o una serpiente".

Apenas la vio la madre a lo lejos, que le grita a plena voz: "¿Como te fue, Cecchina?" "¡No me molestes mamá!, replicó la muchacha; e inmediatamente escupió dos víboras y dos ranas Oh Dios, que veo!... la culpa debe ser toda de tu hermana!, me las pagará!" Y se movió para pegarle. Aquella pobre joven huyó del rencor y fue a refugiarse en el bosque cercano.

El hijo del Rey que regresaba de la caza la encontró en un sendero , y viéndola tan hermosa, le preguntó qué hacía en ese lugar tan sola, y porqué lloraba tanto. "Mi madre me ha sacado de la casa y me quería golpear" Respondió la joven. E hijo del Rey quien vio salir de aquella boca cinco o seis perlas y otros tantos brillantes, le rogó que le contara cómo era posible algo tan maravilloso. Y la muchacha le contó toda la historia de lo que le había sucedido.

El príncipe real se enamoro de inmediato de ella, y considerando que el don del hada era mas valioso que cualquier dote que ninguna de las damas del reino podrían tener, la llevo sin chistar a palacio y se casó con ella. La otra hermana, mientras tanto se hizo odiar por todos de tal manera, que su misma madre la sacó de la casa; y la desgraciada joven después de tratar de convencer a muchos de que la recibieran, todo en vano; se fue a morir al fin del bosque

FIN

MORALEJA

Las esmeraldas, perlas y diamantes, llenan los ojos con el vivo esplendor, pero las palabras dulces, las dulces lagrimas tienen muchas veces más fuerza y mas valor.

La cortesía que las almas buenas tienen, a veces cuestan penas y tristezas; pero tarde o temprano la virtud resplandece y cuando menos se espere obtiene su recompensa

Rapunzel


RAPUNZEL

Había una vez una pareja que hacía mucho tiempo deseaba tener un bebé. Un día, la mujer sintió que su deseo ¡por fin! se iba a realizar. Su casa tenía una pequeña ventana en la parte de atrás, desde donde se podía ver un jardín lleno de flores hermosas y de toda clase de plantas. Estaba rodeado por una muralla alta y nadie se atrevía a entrar porque allí vivía una bruja.
Un día, mirando hacia el jardín, la mujer se fijó en un árbol cargadito de espléndidas manzanas que se veían tan frescas que ansiaba comerlas. Su deseo crecía día a día y como pensaba que nunca podría comerlas, comenzó a debilitarse, a perder peso y se puso enferma. Su marido, preocupado, decidió realizar los deseos de la mujer. En la oscuridad de la noche el hombre cruzó la muralla y entró en el jardín de la bruja. Rápidamente cogió algunas de aquellas manzanas tan rojas y corrió a entregárselas a su esposa. Inmediatamente la mujer empezó a comerlas y a ponerse buena. Pero su deseo aumentó, y para mantenerla satisfecha, su marido decidió volver al huerto para recoger mas manzanas. Pero cuando saltó la pared, se encontró cara a cara con la bruja. "¿Eres tu el ladrón de mis manzanas?" dijo la bruja furiosa. Temblando de miedo, el hombre explicó a la bruja que tubo que hacerlo para salvar la vida a su esposa.
Entonces la bruja dijo, "Si es verdad lo que me has dicho, permitiré que recojas cuantas manzanas quieras, pero a cambio me tienes que dar el hijo que tu esposa va a tener. Yo seré su madre." El hombre estaba tan aterrorizado que aceptó. Cuando su esposa dio a luz una pequeña niña, la bruja vino a su casa y se la llevó. Era hermosa y se llamaba Rapunzel. Cuando cumplió doce años, la bruja la encerró en una torre en medio de un cerrado bosque. La torre no tenía escaleras ni puertas, sólo una pequeña ventana en lo alto. Cada vez que la bruja quería subir a lo alto de la torre, se paraba bajo la ventana y gritaba: "¡Rapunzel, Rapunzel, lanza tu trenza! Rapunzel tenía un abundante cabello largo, dorado como el sol. Siempre que escuchaba el llamado de la bruja se soltaba el cabello, lo ataba en trenzas y lo dejaba caer al piso. Entonces la bruja trepaba por la trenza y se subía hasta la ventana.
Un día un príncipe, que cabalgaba por el bosque, pasó por la torre y escuchó una canción tan gloriosa que se acercó para escuchar. Quien cantaba era Rapunzel. Atraído por tan melodiosa voz, el príncipe buscó entrar en la torre pero todo fue en vano. Sin embargo, la canción le había llegado tan profundo al corazón, que lo hizo regresar al bosque todos los días para escucharla. Uno de esos días, vio a la bruja acercarse a los pies de la torre. El príncipe se escondió detrás de un árbol para observar y la escuchó decir: "!Rapunzel! ¡Rapunzel!, ¡lanza tu trenza!" Rapunzel dejó caer su larga trenza y la bruja trepó hasta la ventana. Así, el principe supo como podría subir a la torre.
Al día siguiente al oscurecer, fue a la torre y llamó: "¡Rapunzel!, ¡Rapunzel!, "¡lanza tu trenza!" El cabello de Rapunzel cayó de inmediato y el príncipe subió. Al principio Rapunzel se asustó, pero el príncipe le dijo gentilmente que la había escuchado cantar y que su dulce melodía le había robado el corazón. Entonces Rapunzel olvidó su temor. El príncipe le preguntó si le gustaría ser su esposa a lo cual accedió de inmediato y sin pensarlo mucho porque estaba enamorada del príncipe y porque estaba deseosa de salir del dominio de esa mala bruja que la tenía presa en aquel tenebroso castillo.
El príncipe la venía a visitar todas las noches y la bruja, que venía sólo durante el día, no sabía nada. Hasta que un día, cuando la bruja bajaba por la trenza oyó a Rapunzel decir que ella pesaba mas que el príncipe. La bruja reaccionó gritando: "Así que ¿has estado engañándome?" Furiosa, la bruja decidió cortar todo el cabello de Rapunzel, abandonándola en un lugar lejano para que viviera en soledad.
Al volver a la torre, la bruja se escondió detrás de un árbol hasta que vio llegar al príncipe y llamar a Rapunzel. Entonces enfurecida, la bruja salió del escondite y le dijo: "Has perdido a Rapunzel para siempre. Jamás volverás a verla". Por lo que el príncipe se quedó desolado. Además, la bruja le aplicó un hechizo dejando ciego al príncipe. Incapacitado de volver a su castillo, el príncipe acabó viviendo durante muchos años en el bosque hasta que un día por casualidad llegó al solitario lugar donde vivía Rapunzel. Al escuchar la melodiosa voz, se dirigió hacia ella. Cuando estaba cerca, Rapunzel lo reconoció. Al verlo se volvió loca de alegría, pero se puso triste cuando se dio cuenta de su ceguera. Lo abrazó tiernamente y lloró. Sus lágrimas cayeron sobre los ojos del príncipe ciego y de inmediato los ojos de él se llenaron de luz y pudo volver a ver como antes. Entonces, felices por estar en reunido con su amor, los dos se casaron y vivieron muy felices.

FIN

micuento: angie blas

labelala bella durmiente


Érase una vez... una reina que dio a luz una niña muy hermosa. Al bautismo invitó a todas las hadas de
Érase una vez... una reina que dio a luz una niña muy hermosa. Al bautismo invitó a todas las hadas de su reino, pero se olvidó, desgraciadamente, de invitar a la más malvada.
A pesar de ello, esta hada maligna se presentó igualmente al castillo y, al pasar por delante de la cuna de la pequeña, dijo despechada: "¡A los dieciséis años te pincharás con un huso y morirás!" Un hada buena que había cerca, al oír el maleficio, pronunció un encantamiento a fin de mitigar la terrible condena: al pincharse en vez de morir, la muchacha permanecería dormida durante cien años y solo el beso de un joven príncipe la despertaría de su profundo sueño. Pasaron los años y la princesita se convirtió en la muchacha más hermosa del reino.

El rey había ordenado quemar todos los husos del castillo para que la princesa no pudiera pincharse con ninguno. No obstante, el día que cumplía los dieciséis años, la princesa acudió a un lugar del castillo que todos creían deshabitado, y donde una vieja sirvienta, desconocedora de la prohibición del rey, estaba hilando. Por curiosidad, la muchacha le pidió a la mujer que le dejara probar. "No es fácil hilar la lana", le dijo la sirvienta. "Mas si tienes paciencia te enseñaré." La maldición del hada malvada estaba a punto de concretarse. La princesa se pinchó con un huso y cayó fulminada al suelo como muerta. Médicos y magos fueron llamados a consulta. Sin embargo, ninguno logró vencer el maleficio. El hada buena sabedora de lo ocurrido, corrió a palacio para consolar a su amiga la reina.

La encontró llorando junto a la cama llena de flores donde estaba tendida la princesa. "¡No morirá! ¡Puedes estar segura!" la consoló, "Solo que por cien años ella dormirá" La reina, hecha un mar de lágrimas, exclamó: "¡Oh, si yo pudiera dormir!" Entonces, el hada buena pensó: 'Si con un encantamiento se durmieran todos, la princesa, al despertar encontraría a todos sus seres queridos a su entorno.' La varita dorada del hada se alzó y trazó en el aire una espiral mágica. Al instante todos los habitantes del castillo se durmieron. " ¡Dormid tranquilos! Volveré dentro de cien años para vuestro despertar." dijo el hada echando un último vistazo al castillo, ahora inmerso en un profundo sueño.

En el castillo todo había enmudecido, nada se movía con vida. Péndulos y relojes repiquetearon hasta que su cuerda se acabó. El tiempo parecía haberse detenido realmente. Alrededor del castillo, sumergido en el sueño, empezó a crecer como por encanto, un extraño y frondoso bosque con plantas trepadoras que lo rodeaban como una barrera impenetrable. En el transcurso del tiempo, el castillo quedó oculto con la maleza y fue olvidado de todo el mundo. Pero al término del siglo, un príncipe, que perseguía a un jabalí, llegó hasta sus alrededores. El animal herido, para salvarse de su perseguidor, no halló mejor escondite que la espesura de los zarzales que rodeaban el castillo. El príncipe descendió de su caballo y, con su espada, intentó abrirse camino. Avanzaba lentamente porque la maraña era muy densa.

Descorazonado, estaba a punto de retroceder cuando, al apartar una rama, vio... Siguió avanzando hasta llegar al castillo. El puente levadizo estaba bajado. Llevando al caballo sujeto por las riendas, entró, y cuando vio a todos los habitantes tendidos en las escaleras, en los pasillos, en el patio, pensó con horror que estaban muertos, Luego se tranquilizó al comprobar que solo estaban dormidos. "¡Despertad! ¡Despertad!", chilló una y otra vez, pero en vano. Cada vez más extrañado, se adentró en el castillo hasta llegar a la habitación donde dormía la princesa. Durante mucho rato contempló aquel rostro sereno, lleno de paz y belleza; sintió nacer en su corazón el amor que siempre había esperado en vano. Emocionado, se acercó a ella, tomó la mano de la muchacha y delicadamente la besó... Con aquel beso, de pronto la muchacha se desemperezó y abrió los ojos, despertando del largísimo sueño.

Al ver frente a sí al príncipe, murmuró: ¡Por fin habéis llegado! En mis sueños acariciaba este momento tanto tiempo esperado." El encantamiento se había roto. La princesa se levantó y tendió su mano al príncipe. En aquel momento todo el castillo despertó. Todos se levantaron, mirándose sorprendidos y diciéndose qué era lo que había sucedido. Al darse cuenta, corrieron locos de alegría junto a la princesa, más hermosa y feliz que nunca.

Al cabo de unos días, el castillo, hasta entonces inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas con motivo de la boda.

FIN





su reino, pero se olvidó, desgraciadamente, de invitar a la más malvada.
A pesar de ello, esta hada maligna se presentó igualmente al castillo y, al pasar por delante de la cuna de la pequeña, dijo despechada: "¡A los dieciséis años te pincharás con un huso y morirás!" Un hada buena que había cerca, al oír el maleficio, pronunció un encantamiento a fin de mitigar la terrible condena: al pincharse en vez de morir, la muchacha permanecería dormida durante cien años y solo el beso de un joven príncipe la despertaría de su profundo sueño. Pasaron los años y la princesita se convirtió en la muchacha más hermosa del reino.

El rey había ordenado quemar todos los husos del castillo para que la princesa no pudiera pincharse con ninguno. No obstante, el día que cumplía los dieciséis años, la princesa acudió a un lugar del castillo que todos creían deshabitado, y donde una vieja sirvienta, desconocedora de la prohibición del rey, estaba hilando. Por curiosidad, la muchacha le pidió a la mujer que le dejara probar. "No es fácil hilar la lana", le dijo la sirvienta. "Mas si tienes paciencia te enseñaré." La maldición del hada malvada estaba a punto de concretarse. La princesa se pinchó con un huso y cayó fulminada al suelo como muerta. Médicos y magos fueron llamados a consulta. Sin embargo, ninguno logró vencer el maleficio. El hada buena sabedora de lo ocurrido, corrió a palacio para consolar a su amiga la reina.

La encontró llorando junto a la cama llena de flores donde estaba tendida la princesa. "¡No morirá! ¡Puedes estar segura!" la consoló, "Solo que por cien años ella dormirá" La reina, hecha un mar de lágrimas, exclamó: "¡Oh, si yo pudiera dormir!" Entonces, el hada buena pensó: 'Si con un encantamiento se durmieran todos, la princesa, al despertar encontraría a todos sus seres queridos a su entorno.' La varita dorada del hada se alzó y trazó en el aire una espiral mágica. Al instante todos los habitantes del castillo se durmieron. " ¡Dormid tranquilos! Volveré dentro de cien años para vuestro despertar." dijo el hada echando un último vistazo al castillo, ahora inmerso en un profundo sueño.

En el castillo todo había enmudecido, nada se movía con vida. Péndulos y relojes repiquetearon hasta que su cuerda se acabó. El tiempo parecía haberse detenido realmente. Alrededor del castillo, sumergido en el sueño, empezó a crecer como por encanto, un extraño y frondoso bosque con plantas trepadoras que lo rodeaban como una barrera impenetrable. En el transcurso del tiempo, el castillo quedó oculto con la maleza y fue olvidado de todo el mundo. Pero al término del siglo, un príncipe, que perseguía a un jabalí, llegó hasta sus alrededores. El animal herido, para salvarse de su perseguidor, no halló mejor escondite que la espesura de los zarzales que rodeaban el castillo. El príncipe descendió de su caballo y, con su espada, intentó abrirse camino. Avanzaba lentamente porque la maraña era muy densa.

Descorazonado, estaba a punto de retroceder cuando, al apartar una rama, vio... Siguió avanzando hasta llegar al castillo. El puente levadizo estaba bajado. Llevando al caballo sujeto por las riendas, entró, y cuando vio a todos los habitantes tendidos en las escaleras, en los pasillos, en el patio, pensó con horror que estaban muertos, Luego se tranquilizó al comprobar que solo estaban dormidos. "¡Despertad! ¡Despertad!", chilló una y otra vez, pero en vano. Cada vez más extrañado, se adentró en el castillo hasta llegar a la habitación donde dormía la princesa. Durante mucho rato contempló aquel rostro sereno, lleno de paz y belleza; sintió nacer en su corazón el amor que siempre había esperado en vano. Emocionado, se acercó a ella, tomó la mano de la muchacha y delicadamente la besó... Con aquel beso, de pronto la muchacha se desemperezó y abrió los ojos, despertando del largísimo sueño.

Al ver frente a sí al príncipe, murmuró: ¡Por fin habéis llegado! En mis sueños acariciaba este momento tanto tiempo esperado." El encantamiento se había roto. La princesa se levantó y tendió su mano al príncipe. En aquel momento todo el castillo despertó. Todos se levantaron, mirándose sorprendidos y diciéndose qué era lo que había sucedido. Al darse cuenta, corrieron loco
Érase una vez... una reina que dio a luz una niña muy hermosa. Al bautismo invitó a todas las hadas de su reino, pero se olvidó, desgraciadamente, de invitar a la más malvada.
A pesar de ello, esta hada maligna se presentó igualmente al castillo y, al pasar por delante de la cuna de la pequeña, dijo despechada: "¡A los dieciséis años te pincharás con un huso y morirás!" Un hada buena que había cerca, al oír el maleficio, pronunció un encantamiento a fin de mitigar la terrible condena: al pincharse en vez de morir, la muchacha permanecería dormida durante cien años y solo el beso de un joven príncipe la despertaría de su profundo sueño. Pasaron los años y la princesita se convirtió en la muchacha más hermosa del reino.

El rey había ordenado quemar todos los husos del castillo para que la princesa no pudiera pincharse con ninguno. No obstante, el día que cumplía los dieciséis años, la princesa acudió a un lugar del castillo que todos creían deshabitado, y donde una vieja sirvienta, desconocedora de la prohibición del rey, estaba hilando. Por curiosidad, la muchacha le pidió a la mujer que le dejara probar. "No es fácil hilar la lana", le dijo la sirvienta. "Mas si tienes paciencia te enseñaré." La maldición del hada malvada estaba a punto de concretarse. La princesa se pinchó con un huso y cayó fulminada al suelo como muerta. Médicos y magos fueron llamados a consulta. Sin embargo, ninguno logró vencer el maleficio. El hada buena sabedora de lo ocurrido, corrió a palacio para consolar a su amiga la reina.

La encontró llorando junto a la cama llena de flores donde estaba tendida la princesa. "¡No morirá! ¡Puedes estar segura!" la consoló, "Solo que por cien años ella dormirá" La reina, hecha un mar de lágrimas, exclamó: "¡Oh, si yo pudiera dormir!" Entonces, el hada buena pensó: 'Si con un encantamiento se durmieran todos, la princesa, al despertar encontraría a todos sus seres queridos a su entorno.' La varita dorada del hada se alzó y trazó en el aire una espiral mágica. Al instante todos los habitantes del castillo se durmieron. " ¡Dormid tranquilos! Volveré dentro de cien años para vuestro despertar." dijo el hada echando un último vistazo al castillo, ahora inmerso en un profundo sueño.

En el castillo todo había enmudecido, nada se movía con vida. Péndulos y relojes repiquetearon hasta que su cuerda se acabó. El tiempo parecía haberse detenido realmente. Alrededor del castillo, sumergido en el sueño, empezó a crecer como por encanto, un extraño y frondoso bosque con plantas trepadoras que lo rodeaban como una barrera impenetrable. En el transcurso del tiempo, el castillo quedó oculto con la maleza y fue olvidado de todo el mundo. Pero al término del siglo, un príncipe, que perseguía a un jabalí, llegó hasta sus alrededores. El animal herido, para salvarse de su perseguidor, no halló mejor escondite que la espesura de los zarzales que rodeaban el castillo. El príncipe descendió de su caballo y, con su espada, intentó abrirse camino. Avanzaba lentamente porque la maraña era muy densa.

Descorazonado, estaba a punto de retroceder cuando, al apartar una rama, vio... Siguió avanzando hasta llegar al castillo. El puente levadizo estaba bajado. Llevando al caballo sujeto por las riendas, entró, y cuando vio a todos los habitantes tendidos en las escaleras, en los pasillos, en el patio, pensó con horror que estaban muertos, Luego se tranquilizó al comprobar que solo estaban dormidos. "¡Despertad! ¡Despertad!", chilló una y otra vez, pero en vano. Cada vez más extrañado, se adentró en el castillo hasta llegar a la habitación donde dormía la princesa. Durante mucho rato contempló aquel rostro sereno, lleno de paz y belleza; sintió nacer en su corazón el amor que siempre había esperado en vano. Emocionado, se acercó a ella, tomó la mano de la muchacha y delicadamente la besó... Con aquel beso, de pronto la muchacha se desemperezó y abrió los ojos, despertando del largísimo sueño.

Al ver frente a sí al príncipe, murmuró: ¡Por fin habéis llegado! En mis sueños acariciaba este momento tanto tiempo esperado." El encantamiento se había roto. La princesa se levantó y tendió su mano al príncipe. En aquel momento todo el castillo despertó. Todos se levantaron, mirándose sorprendidos y diciéndose qué era lo que había sucedido. Al darse cuenta, corrieron locos de alegría junto a la princesa, más hermosa y feliz que nunca.

Al cabo de unos días, el castillo, hasta entonces inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas con motivo de la boda.

FIN





s de alegría junto a la princesa, más hermosa y feliz que nunca.

Al cabo de unos días, el castillo, hasta entonces inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas con motivo de la boda.

FIN





    • Las
      bonitas
        • Las estrellas del
          sabor

mi colegio. sharon

Mi colegio

Mi colegio es hermoso y educado porque tiene el patio muy limpio.Las profesora son muy educada y inteligente y nos ayuda en nuestra tarea. Y las niñas son muy buena y educadas.
Candy
  1. Las mejores
    amigas

HOLA AMIGITAS

BIENBENIDAS AMIGAS

Mi colegio es hermoso yo lo quiero mucho es por eso que e venido a este colegio tyan hermoso y no solo eso es que´tanbién es hermoso y responsable y estudioso.
abigail

Mi colegio

Mi colegio es hermoso y son muy educado porque el patio esta muy limpio. Por eso dijo que las profesora son muy inteligente ynos ayuda en nuestra tarea.Y las amigas son muy buena y educadas.

aniversario ami colegio

colegio querido ,colgio amado, por tus 50 años de anibersario.a ti colegio educativo,ati colegio adordo.por tus 50años de educacion que me has brindado.por tanta enseñansa que me has dado hoyte digo grasias colegio adorado .``grasias´´angel celeste venegas huertas.

mi colegio. sharon

erase una vez un colegio llamado virgo potens
fundado por las hijas de la caridad.

juntos por el mundo

el colegio virgo potens , hijas de la caridad fundadas por san vicente de paul

MI CUENTO

Blancanieves y lo siete enanitos

En un país muy lejano vivía una bella princesita llamada Blancanieves, que tenía una madrastra, la reina, muy vanidosa. La madrastra preguntaba a su espejo mágico y éste respondía:
Tú eres, oh reina, la más hermosa de todas las mujeres. Y fueron pasando los años. Un día la reina preguntó como siempre a su espejo mágico: - ¿Quién es la más bella? Pero esta vez el espejo contestó: - La más bella es Blancanieves.

Entonces la reina, llena de ira y de envidia, ordenó a un cazador: - Llévate a Blancanieves al bosque, mátala y como prueba de haber realizado mi encargo, tráeme en este cofre su corazón. Pero cuando llegaron al bosque el cazador sintió lástima de la inocente joven y dejó que huyera, sustituyendo su corazón por el de un jabalí.

Blancanieves, al verse sola, sintió miedo y lloró. Llorando y andando pasó la noche, hasta que, al amanecer llegó a un claro en el bosque y descubrió allí una preciosa casita. Entró sin dudarlo. Los muebles eran pequeñísimos y, sobre la mesa, había siete platitos y siete cubiertos diminutos. Subió a la alcoba, que estaba ocupada por siete camitas. La pobre Blancanieves, agotada tras caminar toda la noche por el bosque, juntó todas las camitas y al momento se quedó dormida.

Por la tarde llegaron los dueños de la casa: siete enanitos que trabajaban en unas minas y se admiraron al descubrir a Blancanieves. Entonces ella les contó su triste historia. Los enanitos suplicaron a la niña que se quedase con ellos y Blancanieves aceptó, se quedó a vivir con ellos y todos estaban felices. Mientras tanto, en el palacio, la reina volvió a preguntar al espejo: - ¿Quién es ahora la más bella? - Sigue siendo Blancanieves, que ahora vive en el bosque en la casa de los enanitos...

Furiosa y vengativa como era, la cruel madrastra se disfrazó de inocente viejecita y partió hacia la casita del bosque. Blancanieves estaba sola, pues los enanitos estaban trabajando en la mina. La malvada reina ofreció a la niña una manzana envenenada y cuando Blancanieves dio el primer bocado, cayó desmayada.

Al volver, ya de noche, los enanitos a la casa, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, pálida y quieta, creyeron que había muerto y le construyeron una urna de cristal para que todos los animalitos del bosque pudieran despedirse de ella. En ese momento apareció un príncipe a lomos de un brioso corcel y nada más contemplar a Blancanieves quedó prendado de ella. Quiso despedirse besándola y de repente, Blancanieves volvió a la vida, pues el beso de amor que le había dado el príncipe rompió el hechizo de la malvada reina. Blancanieves se casó con el príncipe y expulsaron a la cruel reina y desde entonces todos vivieron felices.

FIN
maria del carmen




las estrellitas de dios

estrellitas de dios
  • somos estrellitas de dios nos gusta estar en el colegio virgo potens 4 to grado b
  • nuestro colegio virgo potens nos educa mucho y siempre hasta que estemos grandes

Bienvenidas amigas


La sirenita

Había una vez... en el fondo del más azul de los océanos, un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.
Sirenita, la más joven, además de ser la más bella, poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusa al oírla dejaban de flotar. La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas. "¡Oh!, ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!" "Todavía eres demasiado joven". Respondió la madre. "Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para salir a la superficie, como a tus hermanas".
Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín ornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada. Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor. "¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres, Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!" Apenas su padre terminó de hablar, Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla.
De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer . El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de Sirenita y dejaban oir sus alegres graznidos de bienvenida. "¡Qué hermoso es todo!" exclamó feliz, dando palmadas. Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. "¡Cómo me gustaría hablar con ellos!". Pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: "¡Jamás seré como ellos!". A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: "¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!". La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo.
Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón. La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. Sirenita se dio cuenta enseguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida. "¡Cuidado! ¡El mar...!" En vano Sirenita gritó y gritó. Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe lo tuvo en sus brazos. El joven estaba inconsciente, mientras Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo. Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar. "¡Corred! ¡Corred!" gritaba una dama de forma atolondrada. "¡Hay un hombre en la playa!" "¡Está vivo! ¡Pobrecito! ¡Ha sido la tormenta...! ¡ Llevémosle al castillo!" "¡No!¡No! Es mejor pedir ayuda..." La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas. "¡Gracias por haberme salvado!" Le susurró a la bella desconocida. Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella y no la otra, quién lo había salvado. Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos! Cuando llegó a la mansión paterna, Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en su garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación.
Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, Sirenita, nunca podría casarse con un hombre. Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla.
Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla. "¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor." "¡No me importa" respondió Sirenita con lágrimas en los ojos, "a condición de que pueda volver con él!" "¡No he terminado todavía!" dijo la vieja." Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola. "¡Acepto!" dijo por último Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera. Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído. "No temas" le dijo de repente,"estás a salvo. ¿De dónde vienes?" Pero Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle. "Te llevaré al castillo y te curaré."
Durante los días siguientes, para Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio. Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa. Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de Sirenita. La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo. Al caer la noche, Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta.
Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas: "¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas." Como en un sueño, Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma. Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas: "¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!" "¿Quienes sois?" murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz "¿Dónde estáis?" "Estas con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos." Sirenita , conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban: "¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras!
Patricia y Mayori
FIN